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Raúl Porras Barrenechea
Nacido
en Pisco el año 1897, Raúl Porras Barrenechea se inició
como profesor universitario dictando el curso de Literatura Castellana
en San Marcos.
Si bien Porras fue historiador, crítico, diplomático, hombre
de letras y periodista, sin duda la vocación de su vida fue la
enseñanza. En la cátedra universitaria, en el aula escolar,
en los seminarios y conversatorios, transmitió a varias generaciones
su saber histórico.
"En sus clases y conferencias, salpicadas siempre de fina ironía,
Porras aprovechaba para condenar la irresponsabilidad de las afirmaciones
irresponsables. Lo escuché alguna vez, libro en mano, demostrar
garrafales errores en que incurrían escritores de alguna nombradía",
así lo recuerda el ex presidente de la República Fernando
Belaúnde Terry.
Belaúnde agregó que Porras fue un verdadero maestro. Un
hombre de profunda sensibilidad que como historiador enseñó
a cultivar la verdad, a investigar a fondo los hechos y a afirmar solamente
lo que podía sustentarse con todo rigor y seriedad. "Tenía
la habilidad de transportar al oyente o al lector al lugar donde se libró
una batalla o se produjo algún dramático trance".
Pruebas contundentes de esta afirmación son los numerosos libros
que Porras nos ha legado para la posteridad. Allí están
sus Crónicas perdidas, presuntas y olvidadas sobre la conquista
del Perú, Mito, tradición e historia del Perú, Fuentes
históricas peruanas, este último mereció el premio
nacional otorgado a los estudios históricos.
Otra de las obras importantes de nuestro personaje es El Inca Garcilaso
en Montilla que aportó una valiosa información documental
para esclarecer un extenso lapso de vida del autor de Los Comentarios
Reales.
No olvidemos que Porras descubrió la casa de Garcilaso en Montilla,
donde vivió hasta los 52 años. Estos aspectos de la biografía
del inca no eran conocidos hasta 1949-50 cuando el historiador, por entonces
embajador del Perú en España, se dirigió personalmente
a Montilla para una tarea de investigación.
El jurista e historiador Javier Belaúnde señala que Porras
Barrenechea estudió el incario y las culturas que las precedieron.
"Son admirables, por su profundidad y análisis, sus investigaciones
sobre la conquista y el virreinato. Severas y brillantes son sus páginas
sobre la república. Así pudo lograr una visión integral
del Perú y recoger el mensaje de auténtica peruanidad".
Jorge Puccinelli, uno de sus discípulos, resalta que Porras pertenece
a la generación del Centenario y, dentro de ella, al grupo del
"Conversatorio Universitario", institución que él
fundara en San Marcos en 1919, congregando a lo mejor de la juventud estudiosa
que había participado en la reforma universitaria para investigar
el tema de la independencia del Perú.
Puccinelli agrega que en este "Conversatorio" Porras dio a conocer
su trabajo juvenil sobre José Joaquín de Larriva, que marcó
el inicio de sus indagaciones histórico-literarias acerca de los
satíricos limeños.
Porras diplomático
Su ingreso como bibliotecario al Ministerio de Relaciones Exteriores en
1922, marca el inicio de su vida diplomática. Desde entonces no
hubo problema internacional a cuya solución no ofreciera las luces
de su inteligencia lúcida y rotunda que marcó siempre rumbos
firmes y definidos a nuestra Cancillería.
En la cuestión de Leticia con Colombia le tocó a Porras
desempeñar un papel destacado como asesor de nuestros delegados
que discutieron en Río de Janeiro los términos de un arreglo
que no soslayara importantes aspectos históricos del litigio.
Durante las acciones militares de 1941 en la frontera con el Ecuador,
la oficina de Raúl Porras, en el Ministerio de Relaciones Exteriores,
centralizó los despachos del frente y los vertía a los medios
de difusión con los comentarios y aclaraciones que eran necesarios
para ilustrar a los lectores y de paso contrarrestar los infundios de
la campaña ecuatoriana.
El indeclinable amor por el Perú despertó en Porras su vocación
por la historia, que lo cultivó desde remotas culturas indígenas,
hasta la época republicana.
Su acogedora casa-biblioteca de la calle Colina en Miraflores, que hoy
alberga al Instituto que lleva su nombre, ha sido y es el hogar espiritual
de muchas promociones universitarias a las que ofreció su consejo
y orientación permanente hasta su muerte en 1960.
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