Tradición de diálogo
El anterior editorial*, que exhortaba a la comunidad sanmarquina a respetar el derecho a la tranquilidad en nuestra Ciudad Universitaria, ha generado muchos comentarios. Diversas opiniones se han expresado sobre el tema. Algunos se han sentido identificados con la propuesta; otros han manifestado su desacuerdo con el intento de restringir las verbenas, celebraciones, ferias y manifestaciones en nuestro claustro. Al margen de todo, la intención de esta sección de propiciar el diálogo y la reflexión en nuestra comunidad sobre diversos aspectos de la vida universitaria se está cumpliendo y eso es positivo para todos. Alimentar una tradición de discusión de ideas y propuestas es inherente a la función de la universidad.
A propósito del asunto tratado, un destacado colega de humanidades me precisaba que en un reciente libro editado por el Fondo Editorial de nuestra Universidad, su autor nos invita a reflexionar sobre el destino del tiempo de trabajo ahorrado por el uso intensivo en las últimas décadas de las tecnologías informáticas y digitales. Si ahora tenemos computadoras, cajeros automáticos, diversas máquinas que hacen más simple nuestra labor de manera que producimos en menos tiempo más cosas. ¿Por qué –se pregunta– no tenemos más tiempo para disfrutar y acortamos nuestra jornada de trabajo en lugar de prolongarla hasta por doce o catorce horas? Tovar, el autor, dice que nos están robando ese excedente y que se trata de una cuestión mental: hay que regresar pronto a casa y dedicarnos a descansar en lugar de enfrentarnos entre nosotros en ruin competencia.
Continuando con la conversación, en un tono irónico, el docente de letras terminó señalando que al parecer muchos son partidarios de Paul Lafargue, autor de El derecho a la pereza. Este afirmó en 1880 que el trabajo es una maldición que no hace ninguna falta para la realización del hombre. El pensador cubano, yerno de Carlos Marx, denunció la naturaleza ideológica de la ética productiva que promueve la jornada laboral que supuestamente dignifica al hombre. Según él esa idea disfraza el afán del capitalismo de explotar al ser humano y, en tal sentido, se debe de proclamar el derecho a disfrutar de la vida y liberarse de la esclavitud moderna del trabajo.
Evidentemente ambos escritores parecen respaldar a quienes se han sentido aludidos por el anterior editorial. Es necesario reiterar que nadie está en contra del derecho al entretenimiento o a la libertad de asociación. Incluso entendemos que los jóvenes sientan deseos de experimentar su juventud y divertirse. El asunto de fondo es dónde y cuándo. Es decir, la Ciudad Universitaria constituye un espacio cuya razón de ser es la vida académica de una comunidad. Los claustros de una institución de educación superior existen para el estudio, la enseñanza y la investigación.
¿Significa lo anterior que las actividades extracurriculares propias de la vida académica –como celebraciones, verbenas, recitales, conciertos, marchas, etc. – no se deben desarrollar en la Ciudad Universitaria? No, pero la idea es que, para no interrumpir el normal desarrollo de las labores académicas, se designe para las actividades que requieran de los espacios exteriores de los pabellones unas horas de un día a la semana (p.e.: viernes de 4 a 10 p.m.) para su desarrollo –inclusive con suspensión de clases o libres de dictado para incentivar la participación– y que se establezca en el año una semana en cada semestre (después de exámenes finales) donde se puedan programar actos para tal fin. Esa disposición y calendario existen en muchas universidades nacionales y extranjeras que precisamente son un ejemplo que debemos imitar. La Universidad del Perú, Decana de América, puede lograr un consenso en este punto y ser líder, también, en defensa de todos los derechos humanos. Continuemos, pues, el intercambio de propuestas al respecto.
Dr. Luis Izquierdo Vásquez
Rector – UNMSM
* Titulado “Ciudad Universitaria y el derecho a la tranquilidad” y suscrito por el Dr. Víctor Peña, Vicerrector Académico (San Marcos al día Nº 106).
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