Valeria Román, ganadora del “Premio José Watanabe Varas” frente al mural del segundo piso de la FLCH.

Entrevista a la ganadora del premio de poesía José Watanabe

 

La poeta Valeria Román Marroquín, estudiante de cuarto ciclo de la Escuela Profesional de Filosofía de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas (FLCH) de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, es la ganadora del X Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa (APJ) “Premio José Watanabe Varas”.

Para esta edición 2017, el jurado estuvo conformado por Marco Martos, Alessandra Tenorio Carranza y José Güich Rodríguez, quienes eligieron el poemario Matrioska, presentado por Valeria Román con el seudónimo de Norka Ruskaya, de entre 182 trabajos presentados al concurso.

Valeria nació en Lima en 1999 y tiene la edad mínima que requieren las bases del concurso para postular: 18 años. Es una poeta precoz. Ha publicado en diversas páginas web y en su blog personal cuando aún estaba en el colegio. En 2016, presentó su primer poemario, Feelback, bajo el sello editorial del colectivo Sub25, del que se alejó debido al ajetreo de la vida académica. Actualmente, forma parte del Grupo de Investigaciones en Teoría Crítica, del Grupo Pólemos, y es subsecretaria general del Centro de Estudiantes de Filosofía.

Ella será premiada con USD 2000 y apoyada con parte del tiraje de la publicación de su poemario por el Fondo Editorial de la APJ.

—¿Esperabas ganar este premio?

En principio no pensaba participar. Por eso, cuando me llamaron de la APJ y me dijeron: “Ganaste”, me quede asombrada. A lo mucho pensaba en quizás una mención honrosa. Fue una sorpresa para todos. El Watanabe tiene en su catálogo ganadores interesantes, a diferencia de, por ejemplo, el Copé, en el que en los últimos años no ha habido un poeta realmente relevante. Lo mismo con El Poeta Joven del Perú, que se acaba de reinaugurar.

—¿Consideras que este premio es un reconocimiento para la poesía autodenominada “subte”, como Sub25?

No tanto así. Diría que este premio es un síntoma de que la poesía “subte” es una escena que no tiene tantos lectores como otras más formales. La escena más joven está siendo reconocida. En los últimos años, han salido poetas cada vez menores, algo que en el Poeta Joven del Perú (premio de la Fundación Marco Antonio Corcuera) no se ha visto; el último ganador es un autor de más o menos treinta años, y, para mí, es como decir que los poetas que tienen veinte o veintiuno no escriben nada interesante, y no es así. Se han publicado libros con un tiraje pequeño, con una edición precaria, pero que son más interesantes que los libros que ganan premios, ya que tienen un valor experimental que irrumpe con lo canónicamente establecido. Lo canónicamente literario no gana premios, pero queda en la tradición.

—¿Cuál ha sido el papel que ha tenido internet en tu poesía?

A estas alturas, no hay algo llamado poesía de internet, ya que, para ello, debería existir una poesía que sea posible únicamente en ese soporte, y no. Lo que vemos es poesía en internet: podemos encontrar poemarios en PDF o en blogs, pero no es algo inconcebible en soportes tradicionales. La influencia que ha tenido internet en mi escritura y en la de otros contemporáneos a mí es principalmente debido a la libertad de información. Anteriormente, tenías cierta tradición detrás de ti, como la peruana, que es enorme y hermosa, pero en cierto momento los poetas se veían obligados a escribir de cierta manera siguiendo esta tradición. Ahora con internet puedes tener una variedad de lecturas enorme que no podrías hacer en una biblioteca tradicional. Estos poetas que vienen de fuera puedes encontrarlos ahí y creo que esto es parte del impacto: estas tendencias y estilos que no están en lo canónicamente aceptado. Como medio de difusión también ha sido importante y no solo para la poesía, sino para distintas disciplinas. El internet ha ayudado a poetas que se han hecho conocidos en México, Argentina o España antes de haber publicado un libro. El nivel de difusión es enorme, pero aún así existe cierto respeto a la publicación en físico. Internet no es, dentro de nuestra dinámica, algo total. Por ejemplo, a Steven Medina que publicó Hablemos de mí, mientras las hormigas devoran el sol en el proyecto editorial de Sub25, lo leímos cuando no estaba en papel porque él colgaba sus libros en PDF y ahí tenía un público de lectores considerable. Ahora lo conocen más por que ha publicado en papel y eso da cierto estatus.

—¿Cuál es el papel que tiene la política en tu poesía?

Presenté Matrioska con el seudónimo de Norka Ruskaya por la bailarina que fue a la cárcel junto a Mariategui por bailar en el cementerio. Tiene todo un significado, pero es una referencia personal, un chiste que solo yo entiendo. Pero bueno, a pesar de eso, ese libro no tiene un contenido político explicito, Feedback tampoco. Eso tiene que ver con mi paso por la universidad. Cuando ingresé a San Marcos ya conocía a la gente del colectivo Sub25, pero mi pertenencia al grupo se vio afectada por mi dedicación a la investigación. Creo que mi poesía es política, pero que ahora no es tan evidente; tal vez en otro libro se pueda ver eso. La politización que pasé durante estos dos años, que para mi han sido larguísimos, me ha cambiado bastante. Podría decir que la política sí es algo que pueda estar presente, pero no de manera literal. No veo una contradicción entre el accionar político y ser poeta. Creo que esto se malentiende mucho. Se cree que los poetas son apolíticos o son súper panfletarios, y que no tienen valor artístico. Pero no, el arte y la política no tienen una relación excluyente.

—¿Qué autores consideras indispensables?

En estos últimos años, mis lecturas están más abocadas a la filosofía y la política, que también son parte de mi influencia. No puedo negar que el lenguaje académico tiene cierto chiste en la poesía. Ahora es muy difícil que me pegue a un libro, en especial si es de publicación reciente. Torschlusspanik de Rosa Grande, por ejemplo, no encaja en la escena poética que conocemos. Es algo diferente, con un lenguaje muy raro pero muy bueno; o Manuel Fernández, con Procesos autónomos, que, a pesar de tener cuarenta y tantos, ha escrito uno de los libros más hermosos publicados en los últimos veinte años. Habla sobre la izquierda desde izquierda unida hasta el desalojo de la parada. Es una exploración del accionar de esta tendencia política en los últimos años, que es muy fuerte y también estéticamente muy bello. Mezcla las citas y el lenguaje académico con la línea conversacionalista coloquial, que se veía en poetas, como los de Hora Zero o Cloaca, que intentaron ser neobarrocos, pero no les salió y terminaron conversacionalistas como todos.