De Izq. a Der. Ramón Ribeyro y Álvarez, Pedro Octavio Argaluza y Valencia, Carlos Germán Amézaga y Llanos, Numa Jenaro Llona y Marchena.

San Marcos como alma máter de la educación superior nunca se desvinculó de los grandes problemas de nuestro país, tal y como sucedió en el contexto de la infausta Guerra con Chile, en la que nuestra nación no solo perdió materiales de laboratorio, libros e infraestructura, también resintió la lamentable pérdida de muchos de sus hijos, que en defensa del honor nacional participaron activamente en las diferentes confrontaciones generadas a lo largo de esta conflagración.

El antecedente más remoto de este conflicto se ubica cuando Chile invade el 14 de febrero de 1879 las costas de Antofagasta, Bolivia. En ese contexto, los alumnos de San Marcos –llamados también “Carolinos”–, alzaron su voz de protesta y organizaron una manifestación, en la que decidieron formar, junto a los estudiantes de la Escuela Militar, una columna que proponía ponerse a órdenes del Estado Mayor. A pesar de la voluntad de los jóvenes, la Legión “Carolino-Militar”, como se le denominó, no tuvo la participación esperada, debido a que el gobierno central consideró que los jóvenes debían mantenerse al margen de la guerra. Cabe resaltar que pese a esta decisión, se envió a tres representantes de la Legión, los cuales ocuparon cargos y misiones muy importantes al lado del Mariscal Cáceres; estos fueron los sanmarquinos José Andrés Torres Paz, Eduardo Leca y Augusto Bedoya. 

Juan Antonio Ribeyro, rector durante toda la guerra (1868 - 1886).

Con el transcurrir de la guerra, la crisis se agudizó; situación que se vio reflejada en una carta del 13 de octubre de 1879, en la que el Ministro de Instrucción Pública, Mariano Felipe Paz Soldán, solicitó al rector de la Universidad Mayor de San Marcos, Juan Antonio Ribeyro, indique a sus estudiantes que ya podían enlistarse en las milicias con la misma actitud y entrega mostrada anteriormente. La respuesta no se hizo esperar y, el 20 de octubre de 1879, los estudiantes de las diferentes Facultades se enlistaron dando origen a la denominada “Columna Universitaria o Carolina”.

Para 1881, Lima ya se encontraba sitiada por el ejército chileno, el cual avanzaba rápidamente con el firme norte de tomar bajo control la capital del país. Y es así que el fatídico 13 de enero, ambos ejércitos se enfrentaron en la denominada Batalla de San Juan y el 15 del mismo mes, en la Batalla de Miraflores. En tanto, la presencia sanmarquina estuvo a cargo de valerosos estudiantes y catedráticos; entre ellos figuran el alumno Juan Alfaro y Arias, quien perteneció a las Facultades de Letras y Ciencias Políticas y que perdió la vida en la Batalla de Miraflores como capitán del Batallón N° 8; además fue contador del mítico Monitor Huáscar, el 8 de octubre de 1879.

“Un ejército diezmado pero valiente”. Batallón o columna conformada por adultos, jóvenes y niños.

Entre otros valientes sanmarquinos se encuentran el bachiller Néstor A. Bermúdez y Abeitua, quien, como jefe del Batallón N° 7, murió en la Batalla de San Juan; al destacado poeta, escritor y compositor Carlos Germán Amézaga y Llanos, quien con el grado de teniente coronel también luchó en la Batalla de Miraflores. Es así, como estos y muchos más valerosos sanmarquinos ocupan la galería de héroes de nuestra patria, quienes a lo largo de toda la guerra no solo se batieron en combate, también desarrollaron otras actividades, como es el caso del cuerpo médico sanitario en las distintas ambulancias instaladas en los campos de batalla. A este grupo se le denominó “Columna Independencia”, la cual estuvo integrada por farmacéuticos y estudiantes de medicina y en la que tuvo una destacada labor Daniel Alcides Carrión.

 

Caratula. Anales Universitarios del Perú (1879), donde se refleja el malestar general de la Universidad 
ante la violación del Derecho de Gentes por parte de Chile sobre Bolivia y la declaratoria de guerra al Perú.

 

En suma, este es uno de los tantos momentos históricos, en el que los sanmarquinos ofrendaron sus vidas en su intento por salvaguardar el honor de nuestra nación, de los más detestables vejámenes que siempre deja la derrota de una cruenta guerra. En tal sentido, es menester que en hogaño les rindamos un justo y merecido homenaje por tan alta demostración de civismo en favor de una noble causa: la defensa de la patria.