¿Estamos dispuestos a enfrentarnos a lo desconocido? ¿Será capaz nuestro gobierno de comenzar a reflexionar sobre lo impensable? Foto: Referencial

Por: Henry J. Velarde García, profesor e investigador nombrado del Departamento de Negocios Internacionales de la Facultad de Ciencias Administrativas de la UNMSM.

Sí, es verdad que el coronavirus se encuentra amenazando de jaque mate al mundo entero. Es verdad también que ha puesto al desnudo los defectos, el descuido y las imperfecciones dentro de las cuales nos encontrábamos como sociedad y como país. Eso quiere decir también que de repente hay esperanza para un retorno a las reflexiones sobre las perspectivas futuras del mundo en el cual nos ha tocado vivir. Salir de la pandemia y retomar el mismo ritmo de vida de antes, incluso presionando con el pie bien al fondo del acelerador para recuperar lo más pronto posible las actividades económicas en términos de crecimiento económico, seriá el equivalente del actuar inapropiado de quien sigue repitiendo los mismos errores constantemente. Sería, en otras palabras, no haber aprovechado una oportunidad tan única y formidable de cambiar el rumbo insostenible en el cual nos encontramos desde las últimas décadas del siglo pasado.

Me explico mejor.

El coronavirus ha abierto nuevamente un debate académico muy interesante sobre la necesidad de un nuevo país, que no sea solo más productivo, sino inclusivo y con menos desigualdad entre ricos y pobres; un mundo más sostenible desde el punto de vista ambiental, social y económico; un mundo donde se tiene y debe de preservar la existencia de una natura sana y con vida; donde se tiene y debe de respetar el crecimiento de las legítimas expectativas de bienestar de todos los ciudadanos, donde también las instituciones tienen y deben de garantizar a sus ciudadanos aquel mínimo y necesario instrumento para poder conducir una vida que sea digna de ser vivida, ya que dejar a los hombres que se busquen la vida sin darles un estado de bienestar de partida es como dar 1000 dólares a un inversionista que jamás aprendió a sumar dos más dos. Obviamente el resultado sería el de engendrar una sociedad, quizás y con suerte, con mucho más dinero pero con mucha más pobreza. Sin duda.

Nuestro Gobierno tiene una responsabilidad inimaginable e inesperada visto que las decisiones que se tomarán (y que ya se están tomando) tendrán un impacto profundo en el país por muchos años. Tendrán un impacto no solo en el actual sistema sanitario, en la educación, en la economía, la política y la cultura cívica, sino también tendrán que ver con el tipo de nación en la cual queremos vivir. Obviamente el coronavirus va a pasar, así como las crisis con distintas facetas y magnitud que ya nos pusieron de rodillas en el pasado, solo que ahora esperamos haber aprendido.

Muchas veces las medidas de emergencia se quedan para funcionar perpetuamente en el largo plazo. Esas medidas aceleran los procesos históricos. Decisiones que normalmente toman años de evaluación se dan con rapidez y determinación en brevísimo tiempo. Pensemos, por ejemplo, en las clases online de las escuelas y de las universidades, a la inclusión de médicos extranjeros en los equipos de trabajo de los hospitales, a la reingeniería de muchos para producir kits y mascarillas sanitarias; y así se podrían hacer un sin fin de ejemplos más. Todas estas son decisiones que nos hubieran llevado tiempo en tomarlas.

Henry Velarde García es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Administrativas.

El punto es que las medidas temporales a menudo sobreviven a las emergencias porque siempre hay una nueva emergencia al acecho. Esta es una razón más para que nuestro Gobierno actúe con escrupulosidad y se dé cuenta de esta imprevista y grandiosa oportunidad. O, cuanto menos, que demuestren lo dignos de ellos que podamos sentirnos, de su esmero y de sus ganas de cambiar.

Regresar a ese Perú insostenible de antes sería una tortura. Un flagelo. Una demencia. Una irresponsabilidad de todos nosotros los peruanos. Nuestro país sufre y nuestras ciudades parecen el infierno de Dante Alighieri. Aquellos vínculos ambientales estudiados por los científicos de todo el mundo, ya se han superado y la presión antrópica en un planeta finito no puede crecer infinitamente. La ciencia y la historia nos dicen que no podemos producir absolutamente nada sin utilizar energía, sin utilizar materias primas, sin tomar algo del medioambiente. Hasta la más desmaterializada de las actividades humanas (incluso el redactar este articulo o realizar una clase online de 45 minutos) requiere energía, tecnología y/o el uso de herramientas que están extrayendo algo al medioambiente.

La economía, en el modelo económico actual, para funcionar bien necesita crecer en continuo. Y esta es una condición irrefutable. Todo depende del crecimiento económico, los puestos de trabajo y su productividad, los precios de las acciones, los ingresos fiscales, la reducción de los costos de producción para ser competitivos y mantener cuotas en el mercado, el comercio, el import y export, el uso de nuevas tecnologías para ahorrar trabajo, etc. 

Esto vislumbra que en todos estos años hemos llegado a una situación de impasse, donde la lógica y la ratio nos hacen comprender que no podemos continuar como antes. No podemos simplemente esperar que apenas termine la pandemia, retomemos el rumbo de antes para recuperar ese gap de pérdida de la producción, del PIB sacrificado, de la desocupación, de la pobreza. Desde el punto de vista de un economista, sé que estamos al frente de un difícil y tremendo impasse, de un dilema paradigmático: por un lado, el modelo de funcionamiento en el cual nos encontrábamos estaba corriendo rápidamente contra una pared y por otro lado sin crecimiento económico el sistema económico, así como está en marcha ahora, no funciona bien: es decir que el mercado sin crecimiento económico no funciona y, a honor de la verdad, quizás sea cierto: si la economía en su conjunto se expande, todo funciona. Mecanismos similares valen para los temas de los ingresos fiscales, de la sostenibilidad fiscal, de las rentas de los sistemas y así discurriendo. Todo esto hace sí que el sistema económico, así como está concebido ahora, presupone una peligrosa, compleja y seria adicción al crecimiento.  Esto implica también, y este es el otro lado de la moneda, que la salud, la felicidad, las buenas relaciones, las comunidades, la cooperación, la solidaridad, la ética, la confianza en el futuro y el tener un propósito en la vida no sean parte de este mecanismo.  Entonces la pregunta sería: ¿cómo escapar del crecimiento sin hundir la economía? Es un dilema de difícil solución por supuesto, como un perro que trata de morderse la cola sin logralo jamás. Sin embargo, en esta difícil tarea, varios grupos de investigación, think thank y académicos estamos convencidos que no es una tarea imposible. Es más fácil meter las manos al sistema económico que al de la termodinámica. Son cambios que no son fáciles obviamente, pero no se pude no intentar hacerlo.

¿Cómo escapar del crecimiento sin hundir la economía? Es un dilema de difícil solución por supuesto. Foto: Referencial

Este pare, increíble, inesperado y global nos da la posibilidad irrepetible de ver el carrusel paralizado y de elegir como hacerlo repartir. Existen varias posibilidades. Podemos repensar nuestros sistemas fiscales. Nuestros sistemas de pensiones.  Podemos pensar en tasar las emisiones en lugar de tasar el trabajo. Podemos realizar reformas fiscales en sentido ecológico. Podemos re-pensar los sistemas de movilidad de nuestras ciudades, creando áreas verdes y un sinfín de ciclo-vías en toda la ciudad. Necesitamos re-pensar la urbanística de las ciudades, dando más espacio a la circulación de los peatones y a las bicicletas, mejorando los medios de transporte públicos versus los medios de transporte privados. No sería sano regresar a una congestión total, a una inamovilidad en las pistas por la presencia excesiva de vehículos privados en cada avenida. Esta voluntad de cambio se puede transformar en una nueva forma de movilidad ciudadana con inteligencia colectiva y puede ser el inicio de cambios sustanciales que probablemente sin este shock pandémico no hubiéramos jamás logrado emprender.

Necesitamos avanzar hacia una nueva lógica, cuyo concepto de partida nos tiene que enseñar de una vez que la prosperidad no es sinónimo de crecimiento económico, sino de desarrollo.  En este mundo necesitamos ser un País con hospitales a la altura de su gente, con policías capaces de hacernos sentir más seguros, con escuelas y universidades capaces de formarnos y enseñarnos de verdad, con un sistema cívico donde todos sepamos respetarnos y donde ese dicho tan deplorable de que “el enemigo de un peruano es otro peruano” sea parte del recuerdo de un antes de la crisis del Covid19. Necesitamos ser un País donde nuestros gobernantes nos brinden las oportunidades para ser felices y no para tener la billetera más gruesa. ¿Porque justo ahora se desnuda la triste situación de miles de peruanos que buscan como regresar a sus tierras de origines caminando y durmiendo bajo a la intemperie?  La crisis del coronavirus ha mostrado toda la fragilidad de la esfera pública. Nuestro país fatiga a poner en marcha las respuestas pertinentes a esta emergencia que es extraordinaria y mundial.  Esta crisis pone sobre la mesa algo mucho más profundo también: el empobrecido debate público peruano, o sea la incapacidad de discutir colectivamente, de forma seria y profunda sobre los temas realmente relevantes de nuestra colectividad. Este punto es sumamente importante para comprender que “el bien común no es la suma de las preferencias individuales (concepción liberal), sino que es el bien común el que tiene que proveer el estándar en torno al cual tales preferencias deben de ser evaluadas” (Alasdair Macintyre). 

Naturalmente, todas estas acciones que podemos emprender son complejas y articuladas e involucran dinámicas intrínsecas, incluso a los procesos de digitalización, donde las brechas son enormes. Esas mismas brechas que podrían ser reducidas si es que también logramos fomentar un buen vivir, más que un consumismo inútil. Al respecto, no nos olvidemos que una parte de los peruanos consuma mucho más de cuanto sería necesario y no es la parte mayoritaria de la población: la mayor parte de la población todavía no cuenta con lo necesario y necesita tener los recursos mínimos a su disposición para el día a día; tanto es así que el “Yo me quedo en casa” se ha vuelto el privilegio de unos cuantos. Este cambio de concepción hacia un desarrollo en términos de bienestar, de mejoras y no de cantidad de producción puede mejorar la condición humana de nosotros los peruanos. Nunca antes todas estas debilidades, fragilidades, vacíos y oportunidades han estado debajo de nuestros ojos como ahora.

¿Estamos dispuestos a enfrentarnos a lo desconocido? ¿Será capaz nuestro gobierno de comenzar a reflexionar sobre lo impensable? ¿Tendremos nosotros y nuestro gobierno el coraje de oponernos a un impulso fuertísimo que nos llevará lo más rápidamente posible a donde nos encontrábamos antes?  Siendo yo un incurable optimista quiero pensar que sí. Quiero poder pensar que podemos regresar a un sendero no emprendido aun y que sea los más humanamente sostenibles.